lunes, 11 de agosto de 2008

CAPÍTULO V.


Aquel año los rosales no florecieron. Claudia vio en eso una señal de mal agüero.
Hacía rato que sabía que su matrimonio estaba en bancarrota. La rutina del desayuno compartido, con algunos comentarios intrascendentes, era lo único que iba quedando de la vida matrimonial.
Una mañana, enredada en sus pensamientos, ni siquiera advirtió que ya Federico había dejado la mesa para ir al trabajo. El ruido del auto al salir del garaje la sacó del ensimismamiento. Repentinamente, ignorando por qué ni para qué lo hacía, tomó una decisión. Se puso sobre los hombros un abrigo, salió a la calle y llamó a un taxi que pasaba en ese momento.
Aunque había pensado bien lo que tenía que decir, no se atrevió a hacerlo. Las veces que lo había oído en televisión o en el cine, le pareció fácil. Y quizás lo fuera, pero no para ella. El “siga a ese coche” que había pretendido, se convirtió en el nombre de una esquina cualquiera. Por suerte esa dirección no quedaba muy lejos y pudo regresar caminando a su casa, poniendo en orden sus pensamientos durante esa caminata inesperada. Se preguntó si estaba bien aquello que había pensado hacer. Sospechar del marido correspondía a otro tipo de mujer, no a alguien como ella. A alguien que hubiera sido tan feliz como ella.
Llegó pronto a su casa, aunque al principio había pensado en demorarse mirando vidrieras. Es que no era para ella ese entretenimiento que consideraba una forma burguesa de perder el tiempo.
Otro domingo de televisión. De televisión y meditación.
Todo comenzó repentinamente. Federico, que hasta entonces había sido un hombre poseído de una excesiva puntualidad, comenzó a demorar más de la cuenta su llegada a casa. La excusa, comprendida por Claudia, fue que tenía que hacer horas extras. Lo que al principio fue una situación excepcional, poco a poco se fue convirtiendo en rutina. Sin embargo, en lo demás, todo continuaba igual. Federico seguía siendo amable, aunque no tan cariñoso con ella como lo había sido siempre. Ese enfriamiento era adjudicado por Claudia al tiempo y a su inevitable secuela de acostumbramiento de la pareja.
Ya hacía poco más de un año que se habían casado. Ella con diecisiete años y él con veintiséis. Quizá fuera por su juventud y falta de experiencia, o tal vez por las telenovelas que miraba todas las tardes, pero la desconfianza se transformó en celos y luego en odio.
Un viernes por la noche él le dijo:
— Mañana tengo que trabajar — y no quiso dar más explicaciones.
De allí en adelante siguió trabajando los sábados y a cada pregunta de Claudia, sólo respondía “tengo que trabajar”. Cada vez se fue volviendo más huraño. Cuando comenzó a trabajar también los domingos, no le quedó ninguna duda: había otra mujer de por medio.
¿Y si su marido fuera inocente? Descartó de inmediato esa posibilidad. No podía ser. Cualquier marido que tuviera que abandonar a su mujer todos los fines de semana, se mostraría con ella más amable de lo que había sido hasta entonces. Con él había sucedido todo lo contrario. Además Federico tenía otro detalle en su contra: jamás había querido decirle donde trabajaba. En el año que llevaban de casados, siempre rehuyó la respuesta. Al fin, a Claudia había dejado de interesarle. Ahora sí hubiera querido saberlo, pero evitó preguntárselo para que no supiera que sospechaba de él. Necesitaba pruebas para creer en su inocencia, aunque también sabía que el que necesita pruebas para creer, no creerá en las pruebas.
La semana pasó más rápidamente que de costumbre. Fue planeando meticulosamente lo que habría de hacer en la próxima aventura de seguimiento. El domingo intentó nuevamente seguir en taxi al automóvil de su marido, pronunciando las palabras que tan meticulosamente había proyectado, pero tampoco se animó a decir aquel dificultoso “siga a ese coche” y volvió a indicarle cualquier dirección. Bajó del taxi, esta vez un poco más lejos que la semana anterior y se dispuso a volver –ahora sí– mirando vidrieras, cuando sorpresivamente vio pasar al Citrôen de Federico. Él siempre acostumbraba a dar rodeos para evitar las calles que tradicionalmente llevan mucho tránsito y como el taxi había hecho un recorrido más directo por una ciudad que, por ser domingo, estaba desierta, llegó a la esquina antes que él. Siguió al coche con la mirada hasta que se perdió de vista por una pequeña curva que hacía la calle. Fue caminando hasta allí pero, por supuesto, ya no pudo verlo.
Volvió a su casa satisfecha. ¡Algo había logrado! No era mucho, pero se sentía un poco triunfadora.
Durante la semana no quiso continuar la investigación porque supuso que la infidelidad la cometería en sábados y domingos o durante lo que él llamaba “horas extras”. Pacientemente esperó el sábado. Cuando llegó ya tenía un plan más elaborado y completo.
Calculó continuar el seguimiento a partir de la curva donde lo vio pasar. Sabía que su encuentro de la semana pasada había sido puramente casual y previó salir antes que él por miedo a no llegar a tiempo. Para hacerlo mintió una visita a una tía, que estaba enferma. Era una excusa real porque justamente unos días atrás se lo habían informado, sólo que a lo de su tía iría después de su tarea de investigadora. Como lo había supuesto, Federico no se ofreció a llevarla y eso le significó otro punto en contra.
Llegó al lugar donde el domingo anterior el Citrôen se perdió de vista. Esta vez llegó en colectivo y se puso a esperar a Federico. A los pocos minutos comprendió que estaba corriendo el riesgo de que él también la viera, por lo que tuvo que buscar un lugar más estratégico. No bien lo hizo, vio aparecer el auto que dobló cuatro cuadras más allá.
El astronauta que quedó en la nave, comprobó con terror que había perdido el contacto con el compañero que había salido al espacio. Por un momento le pareció verlo a través de una de las escotillas, pero luego volvió a perderlo. Desesperado comunicó a la tierra la infortunada novedad.

domingo, 10 de agosto de 2008

CAPÍTULO VI.

Ya habían pasado dos meses desde que iniciara la investigación. Una agencia de detectives lo hubiera hecho más rápido pero, si no se había animado a decir “siga a ese coche”, menos podría contar su caso ante desconocidos. Además, ni siquiera sabía si existen agencias de detectives, como aparece en las películas.
Por eso prosiguió sola, con los recursos que le daba su ingenio. Así, siguiéndolo de a tres o cuatro cuadras, un día pudo descubrir el lugar donde estacionaba el coche.
Seguirlo en su trayecto a pie ya fue más sencillo. Para evitar que la reconociera desde lejos, durante la semana compró un vestido de corte antiguo y se cuidó muy bien de que Federico no lo viera. El sábado se puso un pañuelo negro en la cabeza lo que, sumado al vestido, la hacía aparecer a la distancia como más vieja. O por lo menos eso supuso. Aún con todas esas precauciones, iba ocultándose en los huecos de las paredes o disimulaba, mirando alguna vidriera. Pero ni una sola vez Federico miró hacia atrás. Entró a un edificio de varios pisos. Ahora Claudia se encontraba en una encrucijada: ¿Cómo saber a qué piso iba? Seguirlo en el ascensor sin que él lo supiera, sería imposible. Esperarlo en los pasillos, más difícil aún. ¿Dónde esconderse?
Decidió volver a su casa para pensar todo con más tranquilidad. Antes de abandonar el lugar, vio que una mujer medianamente joven entraba al edificio.
A mediodía casi no comió. Se encontraba en un callejón sin salida. La alegría que la había dominado los dos últimos meses por los progresos que iba logrando, se convirtió en desazón.
Trató de tranquilizarse y encontrar la solución. Mirar un programa de televisión la distrajo bastante y pudo volver a pensar. Cerca de las cinco de la tarde ya sabía cual iba a ser su próximo paso: averiguar a qué hora salía Federico de aquel edificio. No sabía bien a qué la conduciría a aquella pista, pero volvió a recuperar la alegría perdida. La mayoría de las veces, la tristeza está basada en la falta de proyectos.
Suspendió por ese día la investigación porque no quería que su marido llegara a casa antes que ella. Se autoconvenció de que no debía precipitarse para no arruinar todo lo logrado hasta el momento, aunque quizás el verdadero motivo fuera el temor de encontrarse cara a cara con una realidad que sospechaba pero de la que aún no tenía certeza. Esperó hasta el sábado siguiente y esa semana se le hizo larguísima.
A Federico le extrañó que Claudia no saliera antes que él, como acostumbraba los fines de semana.
— Es que esta vez voy a casa de tía Amelia y como ella no suele levantarse temprano...— contestó. Y advirtió: — pero probablemente vuelva algo más tarde.
— No importa, podés volver a la hora que quieras — dijo él con una extraña amabilidad. ¿No estaría sospechando algo?

Llegó al edificio cuando recién había anochecido. La calle estaba desierta y oscura. Se escondió en el hueco de un zaguán y esperó. La mujer que había visto entrar el domingo anterior, salió apresuradamente. Federico salió poco después. Claudia lo siguió hasta que subió al coche y desapareció.
Cuando regresó a casa, su marido ya había llegado. Estaba contenta otra vez. Pero al otro día se preguntó qué había ganado con eso; ella misma se respondió: ¡Nada!
Federico se había mostrado cariñoso. Era lo típico de un marido infiel. La atendía bien físicamente pero la abandonaba espiritualmente. No alcanzó a comprender lo absurdo de sus cambiantes posturas. Dos meses atrás, a Federico lo hacía sospechoso el no ser cariñoso, ahora la sospecha recaía en lo cariñoso que había sido.
Volvió a salir temprano pero esta vez no le dio explicaciones. No las merecía ¿Acaso él le explicaba algo?
Escondida en un zaguán vio pasar a Federico y, al poco tiempo, a la mujer. Ya no le cabía duda alguna: ella era la culpable de la infidelidad.
A mediodía ya tenía planeado el crimen perfecto. Federico guardaba en su escritorio una pistola. No la había registrado y nadie sabía de su existencia, de eso estaba completamente segura: sólo ella y él. Ella callaría y él...
Se puso unos guantes y limpió la pistola para que no quedara ninguna huella.
Esa noche, en el zaguán, vio salir a la mujer. Cuando pasó Federico, le disparó cuatro tiros casi a quemarropa. Uno de los disparos dio en la cabeza. Nunca había usado un arma de fuego pero le pareció natural hacerlo. Metida como estaba, en una ficción que ella misma había construido, se creyó movida por un invisible autor de la trama e irremisiblemente condenada a las acciones que realizaba.
La calle seguía desierta. Tiró la pistola, caminó unas cuatro cuadras y recién allí tomó un taxi. En el viaje abrió la ventanilla y, cuando estuvo segura de que el chofer no la miraba por el espejo retrovisor, tiró los guantes a la calle. Tenía miedo de que alguna huella de pólvora la delatara.
De madrugada recibió a la policía. Un nervioso oficial le comunicó con muchos rodeos el asesinato de su esposo. Lloró y se desesperó.
Después del reconocimiento del cadáver fue a prestar declaración a la comisaría, donde se dio cuenta que estaba libre de sospechas.
— ¿Quién pudo hacerlo? — gemía — ¡ Si él no tenía enemigos!
El comisario carraspeó. Tanto él como el sumariante parecían incómodos. Daban muchas vueltas para decir algo. Al fin se decidió.
— Siento lo que voy a decirle, señora, pero es mi deber dejar debidamente aclarado el caso. Su esposo no contaba con muchas simpatías por parte de sus compañeros de trabajo.
— ¿Por qué? — se sorprendió Claudia. Esta vez no necesitó fingir nada: estaba verdaderamente sorprendida. Nunca había imaginado a los compañeros de trabajo de Federico, menos aún los pensaba enemistados con él.
El comisario proseguía tratando de encontrar el hueco donde la verdad no hiciera daño a Claudia.
— El personal de la empresa estaba en conflicto. Si bien aún no habían declarado un paro, estaban en un estado de quita de colaboración.
— No entiendo eso.
— Al retirar la colaboración — explicó pacientemente el comisario — el personal trabaja a desgano y se niega a hacer horas extras.
— ¿Y eso qué tiene que ver con mi marido?
El comisario se movió incómodo en su silla, hasta que encontró la manera de decirlo para que ella entendiera la realidad sin que él se la dijera de forma directa.
— Es que él, no sólo hacía horas extras, sino que hasta trabajaba sábados y domingos.
Cuando recibió la orden de regresar a la tierra, obedeció instintivamente. Se sentó ante los comandos y movió las palancas necesarias para salir de la órbita en que se encontraba la nave.
Antes de concluir la tarea, se sintió un traidor, un mal amigo, un canalla. Abortó la operación, desconectó la radio y se dispuso a esperar un milagro.

sábado, 9 de agosto de 2008

CAPÍTULO VII.

Cuando despertó ya había amanecido. El sueño le había hecho bien y le había evitado la desgastadora tarea que tienen los viajeros insomnes, de mirar por la ventanilla tratando de encontrar en la oscuridad alguna señal que les indique dónde están. Hacía más de dos horas que habían abandonado la provincia de Santa Fe, con sus trigales hasta donde se perdía la vista. Aquí sólo se veían pequeños montes de palmeras y arbustos espinosos. Pocos campos sembrados y muchos esteros donde algunos vacunos, que parecían cebúes, pastaban con el agua tocándole el vientre.
Repentinamente se levantó de su asiento, tomó el portafolios y el bolso y fue a pedirle al chofer que lo dejará en la ruta.
— ¿En la rotonda? — le preguntó.
— Si — contestó Sergio, sin saber de qué rotonda le estaban hablando.
— ¿Tenés equipaje?
— No.
Eso fue un alivio, más para los otros pasajeros que para los choferes. Cuando algún pasajero con equipaje bajaba en la ruta, la amabilidad y la pachorra de los choferes les hacía perder mucho tiempo mientras abrían las puertas de los depósitos y encontraban las valijas.
Bajó frente a un destacamento caminero. Varias personas “hacían dedo” o, como dicen allá, trataban de viajar “a proporción”, es decir intentaban que alguien los llevara sin pagar.
Se cruzó al otro lado de la rotonda sin saber bien qué hacía allí ni dónde estaba. Una camioneta paró a pedido de varios hombres que hacían “proporción”. Él corrió con ellos y subió, cada vez más perplejo con sus propias actitudes. Razonó, sin embargo, que si él estaba desorientado, más lo estarían Los Otros en el supuesto caso de que aún lo estuvieran siguiendo.
Observó a sus ocasionales compañeros de viaje. Un viejo paisano que sostenía su sombrero para evitar que el viento se lo llevara, trató de entablar conversación con él.
— ¿ De Buenos Aires? — le preguntó.
— Sí — contestó Sergio e inmediatamente se arrepintió. Tenía que inventar otro lugar de origen si quería borrar todo rastro que pudiera llevar a alguien hasta su pasado. No es que desconfiara del viejo, (no creía que Los Otros fueran capaces de simular tan perfectamente una personalidad ¡Inocente credulidad!) sino por hipotéticas trampas que pudieran hacerle. Miró con recelo al resto de sus acompañantes, pero estos permanecían ajenos, mirando, de cara al viento, la ciudad de anchas veredas en la que estaban entrando y que después supo que era Resistencia, la capital de la provincia del Chaco.
— Yo tengo un hermano en Buenos Aires ...— siguió el viejo esperando una respuesta— Montenegro, se llama... Vive en Lomas de La Mora, o algo así.
Asombrado, Sergio comprendió que el viejo esperaba que le contestara si conocía a ese Montenegro, que vivía en el Gran Buenos Aires, seguramente en Lomas de Zamora. Supondría que Buenos Aires era un pueblito como los que él conocía. Hasta la misma Resistencia se le haría inconcebible.
— Trabaja en una fábrica que hay por allí — insistió el viejo y volvió a esperar una respuesta que ahora, con los nuevos datos aportados, estaba seguro que podría darle.
Le causó gracia la simplicidad del viejo, al que por suerte no tuvo que contestar porque la camioneta se había detenido. Todos bajaron y Sergio se apuró a alejarse del grupo.
Cruzó una gran plaza de por lo menos cuatro hectáreas. Casi todos los árboles tenían debajo, un cartelito con su nombre, como en un jardín botánico. En el centro había un grupo de jóvenes, chicas y chicos, que mateaban con sus termos sentados en una pared que rodeaba un árbol. Le pareció hermoso verlos en una tertulia que no se veía en las grandes ciudades, salvo en las uruguayas.
Al principio caminaba con apuro, siguiendo la costumbre adquirida en sus años de porteño, (¡otra vez la rutina!) pero después se tranquilizó y caminó con el ritmo que le trasmitía el lugar. Compró el diario “El Litoral” y tomó una calle cualquiera. Para él todas eran iguales. No habían sido originales para ponerles nombre. La que había elegido se llamaba “Alberdi”, como en cualquier ciudad o pueblo de la Argentina. Llamó a la puerta de un edificio de dos o tres pisos que anunciaba: “Hotel Celta”. Esperó pacientemente con el portafolios en una mano, el bolso colgado al hombro y el diario bajo el brazo.
Una señora muy amable lo atendió sin hacerle preguntas y lo alojó en una habitación sencilla pero limpia y bien arreglada. Para ella sería un viajante de comercio o un vendedor más de todos los que recorren el país de punta a punta.
Se tiró vestido sobre la cama y dedicó un momento a tranquilizarse. Al rato comenzó a sentir hambre. Se sentía extrañamente satisfecho, pero no analizó el porqué. Se bañó con el agua caliente de una pequeña ducha eléctrica y se dispuso a organizar sus próximos pasos.
Salió a caminar por la ciudad y descubrió la terminal de ómnibus a dos cuadras de allí. Comió en un restaurante de las cercanías.
Volvió al hotel donde durmió hasta que empezó a oscurecer. Estaba tranquilo como si en esa ciudad tan alejada estuviera libre de Los Otros.
Ocultó el portafolios entre las frazadas del placard (precaución que no había tomado en su anterior salida) y volvió a salir, caminando en la noche de Resistencia.
Compró algunas ropas y dos libros. El librero también le hizo la pregunta que volvería a escuchar cientos de veces:
— ¿De Buenos Aires?
Esta vez la pregunta no lo tomó desprevenido y mintió un origen que se le ocurrió en el momento. Estaba por decir “Córdoba”, que fue la primer provincia que se le ocurrió, pero inmediatamente supuso que tendría que fingir un tonito cordobés que no estaba seguro de poder adoptar.
— Sí, pero de la provincia. De Junín.
— Por eso digo: de Buenos Aires.
Comenzó a entender que para los provincianos Buenos Aires era una sola: una ciudad con grandes rascacielos. Ni imaginaban las enormes llanuras de la pampa húmeda, aunque lo hubieran estudiado en la escuela.
Ya en el hotel se cambió de ropas y dio una hojeada a “El Litoral” que sólo se distinguía de los diarios nacionales en alguna noticia de la política local que pasaba desapercibida para los porteños. Hasta vio anunciado un cine condicionado.
Al otro día se levantó temprano y fue a la terminal. Quería buscar un lugar donde asentarse definitivamente, aunque aún no tenía decidido si iba a ser en una zona urbana o en una rural.
Tomó un colectivo que iba a Corrientes, adonde llegó en menos de una hora. Aunque admiró el puente General Belgrano y se deleitó en la avenida costanera, al recorrer las antiguas calles céntricas, volvió a sentirse intranquilo. La calle principal parecía la calle Florida de Buenos Aires.
Regresó después de almorzar y, aunque había planeado tomarse tiempo para decidir su destino, resolvió retomar los caminos del azar que venía recorriendo desde que comenzó su huida.
Mentalmente hizo muchísimos cálculos sobre órbitas y distancias. Descubrió la forma de desviar su trayectoria y compararla, mediante observaciones, con los puntitos titilantes que lo rodeaban, aunque eran todos iguales. Por último resolvió esperar tranquilo lo que pasara.

viernes, 8 de agosto de 2008

CAPÍTULO VIII.

Al otro día muy temprano salió hacia la terminal, con su portafolios y su bolso de mano. No se despidió de su eventual huésped. Ni siquiera le advirtió que ya no volvería. Aunque en un primer momento lo analizó como un error, por las sospechas que su actitud podía provocar en la hotelera, se tranquilizó convenciéndose de que ella ya estaría acostumbrada a ese tipo de desplantes.
En el momento en que llegó a la terminal, salía un ómnibus con un cartel que indicaba: El Colorado. Subió y pidió un boleto a ese destino. El azar seguía guiando sus pasos.
Una vez acomodado en su asiento, le dieron una revista que apenas ojeó pero en donde le llamó la atención un pequeño poema que ilustraba un aviso publicitario de una agencia de turismo:
FORTASSE
Destino de desencuentro.
Torpe ironía de los años
y este callejón sin salida.
Estar aquí y allí.
Asomarme a la vida desde los impulsos
y participar en ella desde los huesos.

Acaso sea el azar
lo que mueve mis pasos
y teje mis hilos.
Tal vez me atrape la telaraña que creí tejer.

Me rodea la duda
(el motor que me impulsa,
la razonable guía de mis pasos,
el sutil murmullo que me dicta
los secretos deseos).

Creo.

Antes había relacionado el escrito sobre Los Otros con aquel suicida de la calle Rivadavia. Ahora supuso que ese fortasse, es decir ese quizás o tal vez, tenía que ver directamente con él, aunque no conocía bien el significado de la palabra. No quiso hacer demasiados razonamientos porque eso implicaría suponer que hasta allí, hasta esos lejanos parajes, había llegado también la conspiración que lo obsesionaba.
Volvió a concentrarse en el ómnibus. Era un coche con las mismas características de los de larga distancia, aunque más destartalado. Fue notando por el camino que los pasajeros eran distintos. Subían y bajaban en cualquier parte y en algunas paradas ascendía una gran cantidad de escolares que no abonaban pasaje.
Después de unas tres horas de viaje, cruzaron el río Bermejo, que lo impresionó por sus barrancas. Enormes letras anunciaban que habían entrado a la provincia de Formosa. Después de pasar el control caminero, pidió descender y, como había sucedido en el Chaco, quedó en un cruce de caminos de Formosa, con su bolso y su portafolios. ¿Adónde iba? Sintió el absurdo de salir a caminar sin rumbo por las rutas de una provincia que no conocía y que se le hacía tan exótica como Biafra o Burundi.
Comprendió el error de no haber previsto otro bolso para el dinero. Era seguro que un gringo, caminando con un portafolios al rayo del sol, no podía menos que despertar sospechas. Tardaría algunos años en descubrir que, entre los campesinos, el sentido del ridículo no tiene la misma proporción que entre los porteños o los habitantes de las grandes ciudades: cada uno se viste como quiere o como puede y carga con los bultos que tiene que cargar, sin que a nadie le llame la atención.
A poco de andar por una ruta de tierra, se metió en un pequeño bosque y trató de solucionar lo que consideraba un problema. Sacó los billetes del portafolios y los fue acomodando en el bolso. Para eso tuvo que tirar el traje, que ya no usaría. Hizo un buen trabajo: el dinero quedó en el medio, rodeado de ropas. Así que, aunque el bolso se rasgara por alguna causa externa, no se podría descubrir su valioso contenido.
Volvió a la ruta pero unos segundos después pensó en la posibilidad de que alguien encontrara el portafolios, cosa que podría poner sobre aviso a Los Otros. Regresó para enterrarlo junto al traje abandonado. Le costó algo de trabajo escarbar en la tierra reseca, pero arrancó un pequeño arbusto y aprovechó el pozo. Con las manos fue sacando la tierra suelta que movía con un palo, metió lo que tenía que esconder y lo tapó con el arbusto que había arrancado. Todo quedó perfectamente disimulado. La feraz tierra se ocuparía de hacer crecer en poco tiempo una frondosa vegetación que llevaría el episodio al olvido total.
Durante dos kilómetros del polvoriento camino fue haciendo proporción a los pocos vehículos que pasaban. Ninguno se detuvo, cosa que le hizo creer que era una fábula aquello de la cordialidad del provinciano.
En un cruce había un camión detenido. Se veía a su conductor que aparentemente estaba arreglando una rueda. Apuró el paso con el propósito de ayudarlo en su tarea para luego pedirle que lo llevara. Pero de pronto tuvo una sospecha: ¿Y si todo fuera una trampa? Estaba demasiado ofrecido ese viaje como para que pudiera aceptarlo. Pero, si era cierto que era una trampa, eso significaba que Los Otros habían dado con su paradero. Se volvió a esconder a un costado del camino hasta que vio que el camión arrancaba. Luego volvió a su marcha hacia quién sabe dónde.
El sol de noviembre empezaba a apretar a las once de la mañana, en una provincia tropical. Debía haber previsto un sombrero, pero ¿Cómo podía suponer dónde iría a parar con sus huesos?
Sacó una remera del bolso y se la puso sobre la cabeza. Sonrió al imaginar su figura, caminando transpirado, tapando la cabeza como una campesina. ¡Pensar que había trabajado tanto en aquel bosquecito para no llamar la atención!
Tampoco previó algo para comer y, lo peor, ni siquiera un poco de agua. Cuando la sed comenzaba a apretarlo vio venir a lo lejos un antiguo camión que se detuvo a sus señas. Subió en la caja donde también viajaba un viejo que lo saludó tocando el ala de su sombrero y que, por suerte, no habló en todo el viaje.
Después de una curva empezó a ver a lo lejos unas torres de radio que le indicaban que había alguna población. Entraron en un pueblo de calles de tierra, que se anunciaba con un simple cartel de Vialidad Provincial:

MAYOR VICENTE EDMUNDO VILLAFAÑE

Iba a indicar al conductor que se detuviera, pero vio la comisaría y decidió seguir un poco más. De todas maneras, el camión paró algo más adelante, frente a un cartel que indicaba: “Comedor El Negro”. Le agradó encontrar en castellano lo que en cualquier otra parte se hubiera llamado restaurante.
— ¿Aquí? — le preguntó el conductor.
— Sí, gracias — contestó Sergio.
Sintió hambre. Había pensado cruzarse hasta el comedor a comer y tomar algo, cuando vio venir a la carrera a un caballo que arrastraba un carro de una sola vara. Casi frente a él, se detuvo un instante para esquivar un automóvil estacionado y quiso retomar la carrera. Quién sabe por qué instinto, Sergio tomó en ese momento las riendas sobre la boca del caballo y lo detuvo. Llegaron a la carrera dos chicos que lo ayudaron a sujetarlo, esperando que llegara hasta el lugar la dueña del carro, una vieja muy arrugada y totalmente vestida de negro.
No le dio las gracias pero se mostró agradecida y después como sorprendida. Lo miró de arriba a abajo y sólo le preguntó:
— ¿Sos vos?
Nunca supo si contestó que sí o si la vieja tomó su silencio como una afirmación.
— Subí — le ordenó lacónicamente.
Pese al modo imperativo, la voz de la vieja no sonaba como una orden, sino como un fatalismo pronunciado en palabras. No le quedó más remedio que subir al carro sin decir nada, olvidando en el suelo su bolso, que los chicos se apresuraron a colocar detrás del carro. Antes de que la vieja subiera se escuchó desde lejos, detrás de él:
— ¡Maína! ¡Maína!
Era otra vieja, no tan arrugada, que se acercaba corriendo.
— La bendición, che maína. — le dijo en cuanto llegó, a lo que la primera vieja hizo con la mano abierta, la señal de la cruz, mientras repetía en un murmullo:
— Que Dios te bendiga, che memby. En el nombre del Padre, del Hijo, del espíritu santo. Amén.
De esa manera Sergio aprendió una de las costumbres de la zona: el mayor de la casa da a los demás la bendición. Un homenaje a los ancianos que sólo había leído en algunos libros pero que no sabía que aún se usaba.
Por el camino, creyó oír que la vieja le decía algo así como:
— Él te está esperando.
Ahora los náufragos eran dos. Uno por fatalismo y el otro por opción. Aunque ellos mismos lo ignoraban había fatalismo en ambas situaciones. Y quizá el primero de los náufragos, el que había sufrido el accidente, también había optado por ese destino. Quién sabe en qué recovecos de la mente se anidaba la ilusión infantil de huir de un mundo perverso y hostil para hundirse en la infinitud de la creación.

jueves, 7 de agosto de 2008

CAPÍTULO IX.

Después de más de media hora de traqueteado viaje, en el que cruzaron por lo menos dos esteros, llegaron a un rancho donde había varias personas en la puerta.
Apenas bajó, alguien le alcanzó un vaso de vino que bebió rápidamente por la sed que tenía. Otro le bajó el bolso y lo colocó sobre un tronco que hacía de banco, bajo el alero del patio. Escuchó murmurar: “¡Lo trajo, nomás!” Y supo que el tono de admiración con se pronunció, iba dirigido a la vieja. Se notaba que era ella el líder de toda aquella gente. Pocas veces percibió un poder de mando así. Todos obedecían, sin que nadie diera órdenes. Era un poder que no se basaba en la dominación sino en el respeto.
Aquello parecía el campamento de alguna expedición más que una casa con sus habitantes. Poco a poco fue descubriendo a otras personas que se dedicaban a diversas tareas.
— ¿Tereré? — escuchó que preguntaban a su lado.
Se volvió para ver a una muchachita de unos once o doce años, de trenzas muy negras, que le ofrecía un mate.
Estuvo a punto de aceptarlo, porque el vino no había logrado aplacar la sed de muchas horas, pero la vieja detuvo el ofrecimiento de la nena.
— Dejá. Ya va a tener tiempo de tereré. — dijo y, dirigiéndose a él, le ordenó — Pasá.
Lo hizo entrar en el rancho. En la semipenumbra pudo distinguir un catre donde gemía alguien. Hacía un calor insoportable. Sergio notó la transpiración que le corría pegando su ropa al cuerpo. El vino en el estómago vacío lo había mareado.
— Te lo traje, Faustino — le susurró la vieja, con una ternura que hasta el momento no había dejado traslucir.
Los ojos de Sergio comenzaban a acostumbrarse a la oscuridad. Antes de detenerse en la figura del lecho, sus ojos se posaron sobre una estampita del Sagrado Corazón bajo la que ardía una vela. Recién después notó al viejo que yacía moribundo. Se preguntó si en aquel lugar de Formosa donde había caído, todos –salvo la muchacha del tereré– eran viejos.
— ¿Lo trajiste, Matilde? — preguntó el moribundo sin creerlo.
Doña Matilde, que había convertido en ternura toda su figura, antes casi autoritaria, le contestó con una sonrisa, señalando a Sergio:
— Ahí lo tenés.
El viejo lo miró y pareció repentinamente curado. Le tomó la mano.
— Te esperé mucho tiempo. Eras un chico cuando te fuiste. Ya decía yo que era una mentira aquella historia de que habías muerto en una pelea en el Paraguay. La única que me creyó fue Matilde y me prometió encontrarte.
Ella sonreía con la satisfacción del deber cumplido.
— Estaba viviendo en Buenos Aires. – Lo apuró: – Pero ya queda poco tiempo. Decile lo que le tenés que decir.
— Todo lo que tengo es para vos — le fue diciendo a Sergio como quien dicta un testamento — y es para vos porque siempre trabajé pensando que ibas a volver y porque sé que no te vas olvidar de Matilde ni de los pobres. Quiero que mantengas a la gente que trabaja en la chacra. Siempre me fueron fieles. En el banco hay unos pesos. Usalos como vos sabés.
Siguió con las recomendaciones mientras doña Matilde asentía como un escribano que toma nota. De pronto interrumpió sus palabras y comenzó a dar estertores.
— Ya murió. — dijo la vieja — Podés salir. Nosotras nos ocupamos de todo.
No necesitó preguntar quienes eran nosotras. En cuanto salió del rancho, otras dos viejas entraron.
Los hombres estrechaban su mano con sincero dolor. Cuando hubo pasado el desfile de condolientes, lo llevaron a la parte de atrás donde un gran árbol preservaba del calor. En una parrilla se asaban chorizos y grandes trozos de carne cortados en forma distinta a la que se acostumbra en Buenos Aires. Descubrió que tenía mucha hambre. No había comido nada desde que salió de Resistencia, y ya habían pasado varias horas.
Durante el almuerzo se fue enterando de muchas cosas. Poco a poco supo que había sido confundido con el hijo de don Faustino que, según todos los indicios, había muerto hacía ya varios años en el Paraguay. La confusión fue posible porque el supuesto difunto había salido de la provincia con su madre cuando sólo tenía ocho o nueve años. Parece ser que había un parecido físico entre Sergio y el verdadero hijo o, por lo menos, así lo habían querido creer todos los que lo conocieron y ansiaban su regreso.
Doña Matilde era la “médica” del lugar. Le llevó algún tiempo descubrir la diferencia entre “médico” y “doctor”. El primero era el curandero, mientras que al médico diplomado se lo llamaba doctor o, mejor dicho, “dotor”.
Esta médica tenía fama, además, de hacer predicciones infalibles. Curaba con yuyos y de palabra, era partera y consejera matrimonial. Había criado infinidad de chicos que la llamaban “madrina”. Era temida por los malos, respetada por los ilustrados y amada por los simples. Sus palabras eran tenidas como santas: eran las tablas que Moisés bajó del Sinaí.
Una de las predicciones que hizo era que antes de la muerte de don Faustino volvería el hijo que, casualmente, se llamaba Pedro ¡Igual al nombre que había inventado en su documento falso! (¡NO HAY CASUALIDADES!)
Todo lo que podían haberle dicho sobre doña Matilde, Sergio lo había descubierto ya. Su autoridad, cuando lo indujo a subir al carro; el madrinazgo, con aquella vieja que le pidió la bendición; el cariño popular, con los chicos que se empeñaban en complacerla sin pedir recompensa. No le extrañaba la actitud de la gente que la veneraba, porque supo de la ternura interior de aquella mujer aparentemente tan severa.
También le explicaron que lo que hicieron las viejas en el momento en que don Faustino murió, era preparar al difunto. Lo desnudaban, lo lavaban y afeitaban y luego lo vestían con sus mejores ropas, a la que previamente le habían sacado todos los botones “para que’lalma pueda escapar”. Había en aquellos hombres y mujeres, un respeto ancestral por la muerte. Aquella comida era casi un ritual con el que se preparaban para lo que seguía.
Apenas terminado el almuerzo, se distribuyeron las tareas. Algunos hombres fueron hacia el cementerio a preparar la tumba, otros a la municipalidad para buscar el féretro. Las mujeres se ocupaban de difundir la noticia en las chacras vecinas y recoger flores para el velorio.
La muchacha de trenzas se sentó a su lado y comenzó a cebarle tereré. Notó una suerte de cortejo que había a su alrededor para acompañarlo y servirlo, en silencio y ceremoniosamente en todo los actos. La muerte presidía el lugar. Mientras algunas mujeres limpiaban, dos hombres cortaban leña.
Se sintió querido y protegido: a salvo de Los Otros. Infinidad de pensamientos pasaban por su cabeza. ¿Cómo iba a superar el problema de la identidad? En medio de la seguridad que le daba el lugar, lo atemorizó el futuro. Estaba seguro que en cuanto se quisiera hacer cargo de los bienes que le había legado su supuesto padre, lo primero que tendría que hacer es acreditar su identidad. ¿Qué iba a presentar ante las autoridades? ¿Su documento a nombre de Pedro Peral? Quizá podría retocarlo otra vez y colocar en vez de “Peral”... ¿qué apellido? Si ni siquiera sabía cual era el de don Faustino. Y aunque lograra embaucar a todos ¿Podría él hacerse cargo de la chacra? Sus conocimientos del campo eran más que limitados. Por un momento pensó en huir de aquel extraño lugar, antes de que se descubriera la superchería de la que era culpable, aunque fuera por omisión, por no aclarar que él no era el Pedro que buscaban. Pero por otra parte sentía que ese era su lugar. Decidió no preocuparse hasta que se fueran presentando los problemas.
¡Cuántas cosas aprendió en aquellas pocas horas! No pudo menos que comparar las diferencias que había entre la muerte de una persona en Buenos Aires y la de otra en Formosa. Allá la muerte era un negocio, aquí un momento culminante que todos respetaban y temían. El féretro donde reposaba don Faustino, había sido construido con un armazón de varillas de madera cubierto con harboard y no tenía manijas. En eso ya se destacaban singularmente las diferencias pero lo más importante era la actitud de la gente que venía a homenajear al difunto. No se podía ver en ellas ni hipocresías ni aparatosidades.
Cada uno trataba de participar en el velorio de la manera en que sus posibilidades le permitían. Algunos traían velas, otros café o yerba, ginebra o cognac, empanadas o pasteles. No siempre era el amor lo que los movía, a veces era el temor a lo que el difunto podía hacerles si no le prestaban el debido respeto. Pero de una u otra manera no había falsedad ninguna.
Un hombre joven, de grandes bigotes negros, preparó el fuego donde se iba poniendo carne y chorizos que se fueron consumiendo durante toda la noche. Se enteró que habían matado una vaquillona para la ocasión y así supo también que aquella gente no comía las entrañas del animal, las que eran devoradas furiosamente por la infinidad de perros que acompañaba la ceremonia.
Durante toda la noche las mujeres se iban turnando en el rezo del rosario y en los llantos plañideros que sonaban como lo único prefabricado. Pero no era falsedad lo que los motivaban, sino una costumbre ancestral, un rito que no podía faltar.
Conoció a varias personas que le pidieron que los visitara, como el concejal Mencho Zaragoza y don Smith, encargado de la planta de agua potable. Un tal Báez lo invitó a su aserradero, después que Sergio intervino en una discusión que se había entablado entre éste y Arroyo, dueño de otro aserradero. Báez hacía tirantes y tablones cortando con un gran serrucho tronzador los troncos que él mismo traía del monte. En cambio Arroyo había incorporado varias maquinarias que hacían el trabajo con más velocidad y precisión y discutía con el otro, calificando de “prehistóricas” sus habilidades. Báez llevaba las de perder porque Arroyo era uno de los políticos más prestigiosos del pueblo y sus argumentos superaban ampliamente a los suyos.
Algunos presentes reprocharon a los contendientes la inoportunidad de esa discusión en un momento tan solemne y miraron al supuesto don Pedro como pidiendo disculpas por esos desubicados. Sergio creyó necesario dar su opinión.
— Es indudable — dijo — que las máquinas ahorran tiempo y trabajo y que se hacen imprescindibles en este mundo tan acelerado...
Arroyo lo palmeó con aprobación y miró a los demás, especialmente a Báez, como diciendo “han visto que yo tenía razón”.
— ... pero el trabajo artesanal se valora mucho en las grandes ciudades porque es algo que lamentablemente se va perdiendo. — continuó Sergio — No nos olvidemos que San José y hasta el mismo Jesús eran carpinteros... y ellos no tenían máquinas.
Ahora era Báez el que sonreía triunfante. Sergio había ganado dos amigos. Los demás estaban satisfechos con la solución salomónica. A partir de allí Sergio comenzó a sentirse Pedro, aunque todavía ignoraba, no sólo su apellido, sino también de dónde había sacado esa referencia evangélica él, que no tenía ninguna formación religiosa. Se acordó de Estrada y se sintió erudito ante aquella gente de escasísimos conocimientos.
Por la mañana algunos fueron hasta la carpintería de Arroyo y trajeron de allí unos tirantillos con los extremos redondeados. Báez había ido a buscar su camioneta, de lo contrario se hubiera ofendido por la elección de su rival. Otros salieron a buscar algunos coches. Cerca de las nueve de la mañana, estaban frente a la casa, la camioneta de Báez, que serviría como carroza fúnebre y unos cinco o seis autos que serían la caravana mortuoria.
Poco a poco todos fueron pasando por la capilla ardiente para despedir al finado. Pasando los tirantillos por debajo del ataúd, varios ayudaron a Sergio a trasladarlo hasta la camioneta. Se acomodó con los otros junto donde yacía “su padre”. Lamentó no haberlo mirado más detenidamente antes de que el cajón fuera cerrado para siempre. Corría el peligro de no reconocerlo en alguna foto que le mostraran o cuando le preguntaran sobre algún rasgo de su cara. Aunque siempre le quedaba el recurso de alegar lo chico que era cuando se fue del pueblo.
Era evidente que don Faustino era una persona muy querida, porque el cortejo fúnebre, que comenzó con unos pocos vehículos, se iba incrementando por el camino con automóviles, camionetas y carros. Entraron en el pueblo polvoriento donde los que no integraban la caravana se alineaban respetuosamente en las veredas para despedir al muerto. Se detuvieron frente a la iglesia, bajaron el féretro y lo llevaron hasta el altar entre una doble fila de escolares. Don Faustino había sido presidente de la cooperadora y la escuela quería despedirlo institucionalmente. Un diácono laico, que era el que hacía todas las tareas parroquiales, pronunció un responso e invitó a los presentes a decir una oración que todos rezaron respetuosamente. Es que en el pueblo no había cura. Una vez por mes llegaba uno a oficiar misa y volvía a irse.
Volvieron a emprender la marcha hacia el cementerio. Cuando llegaron los esperaba más gente que se cubría del sol con paraguas y sombrillas. Ante la Cruz Mayor volvieron a orar por el difunto y se encaminaron a la tumba. Ésta había sido construida sobre la tierra. Era una especie de nicho completamente cerrado, salvo uno de los extremos, por donde metieron el cajón, empujándolo sobre unos rústicos rodillos de madera. Concluida esa operación, los albañiles comenzaron a construir la pared que cerraría totalmente el túmulo.
No vio el final porque alguien lo tomó del brazo y lo condujo a un auto para llevarlo de vuelta al rancho.
Le extrañó no haber vuelto a ver a la vieja.
— ¿Y doña Matilde? — preguntó a sus acompañantes durante el viaje.
— Está atendiendo a la Ramona Pereyra. — dijo uno y siguió hablando, un poco para Sergio y otro poco para el resto de los pasajeros — Viene mal el chico. Creo que esta vez va a tener que llamar al dotor.
— ¡Qué va...! – respondió otro.
Durante el regreso fue tratando de fijar en la memoria algunos detalles del camino, cosa que no había hecho ni cuando lo llevó doña Matilde ni cuando salió para el cementerio. Poco pudo lograr. Todos los lugares le parecían iguales.
Al llegar se sintió desorientado. La gente que quedaba se fue despidiendo de él y poniéndose a sus órdenes. Quedó solo en “su casa”.
Las mujeres ya habían limpiado la pieza del rancho y cambiaron la ropa del catre. Se acostó y quedó inmediatamente dormido. Tranquilo como sólo lo había estado en el regazo de su madre.
La desesperación había cedido poco a poco. La inmensidad del espacio les había hecho comprender la fragilidad del ser humano. Sintieron el abrazo de Dios y se supieron protegidos por Él. Aunque estaban separados por un abismo espacial, coincidieron en los pensamientos. Comprendieron que a la eternidad del universo, le resulta intranscendente la mortalidad de dos pequeños seres. Desde el nacimiento sabemos que la duración de nuestra vida significa menos que un segundo para un mundo que mide sus cambios en millones de años. Los dos durmieron con una paz plena.

miércoles, 6 de agosto de 2008

CAPÍTULO X.

Pasó varios días olvidado del mundo. Era como un nuevo nacimiento en otro lugar, con otra vida, con otro nombre.
Supo que la muchachita de trenzas negras que lo había recibido con tereré a su llegada, se llamaba Silvina y vivía con su madre, Felipa, en un rancho construido dentro de la chacra, a unos doscientos metros de la casa principal. Se accedía a él por una senda a través del monte. Las dos estaban destinadas al cuidado de don Faustino. Era Felipa una mujer de unos treinta y cinco años pero, como era habitual en esos pagos, parecía más vieja. No tenía marido, por lo que se decía que Silvina era hija de don Faustino.
El rancho principal estaba construido con ladrillo, revocado en su totalidad con barro y pintado a la cal. El techo era de tejas o, mejor dicho, lo que allí llamaban tejas, largos palos de palmera cortados al medio longitudinalmente y ahuecados ligeramente con hacha. Comprobó lo efectivo de ese techado en más de una tormenta.
El rancho de Felipa, en cambio, tenía techo de paja y había sido construido con adobe sin revocar.
A los dos días de estar allí, con las dos mujeres que continuaron con él la tarea que tenían asignada con don Faustino, vino a buscarlo don Crispino Cuevas que lo llevó a la comisaría donde lo presentó como nuevo habitante de Villafañe. Por el respeto con que lo trataron, comprendió que su supuesto padre (padre nungá, diría después, cuando se acostumbró al habla del lugar), gozaba de prestigio y que era considerado uno de los habitantes más ricos. Pero, contrariamente a lo que sucedía con otros de familia acomodada, nunca había querido mudarse al pueblo, lo que le valió no sólo el respeto, sino también el cariño de aquella gente que lo tenía como uno de los suyos.
Don Crispino lo llevó también al banco. Sergio temió al conocer trámite que tenía que hacer, porque carecía de documentos que lo acreditaran como hijo de don Faustino y ni siquiera sabía cual debía ser su apellido.
¬¬ — ¡Ah, don Pedro! — lo recibió con entusiasmo el encargado del banco, en el que le pareció reconocer a uno de los concurrentes al velorio — Ya tengo todo preparado para que a partir de hoy la cuenta pase a su nombre.
Lo invitó a sentarse y le puso, en un escritorio, unos papeles para firmar. Se enteró entonces que comenzaba a llamarse Pedro Rafael Olivares. Acostumbrado a la burocracia de la capital, empezó inmediatamente a imaginar cómo haría para obtener un documento, pero se rió interiormente de esa preocupación, ya que ni siquiera para pasar a su nombre una cuenta bancaria, se lo habían pedido.
Pedro Rafael Olivares, le habían dicho que se llamaba, y así comenzó a nacer como don Pedro.
— ¿Pagamos los sueldos como siempre? — preguntó el empleado — Ya estamos a fin de mes.
— Por ahora como siempre — le contestó y, como para no continuar con su actitud pasiva, dejándose conducir por todo el mundo, continuó — pero más adelante me gustaría tener una lista de todo el personal, qué hace y cuánto cobra.
— La lista y las cantidades puede ser. Qué hacen no es cosa nuestra.
— De eso me ocupo yo. — dijo don Crispino. Comenzaba a actuar y a ser tratado como “el patrón”
En el camino de vuelta se fue enterando que Crispino Cuevas era el administrador general de los bienes de don Faustino. Como cada tanto se hacía referencia a las épocas pasadas en que supuestamente él vivía en Villafañe, Sergio prefirió elegir la táctica de hacerse el olvidado de todo. Comenzó a utilizar el argumento de que era muy chico cuando se fue de allí.
Todo se le había hecho ya tan familiar que se sentía como si fuera el verdadero Pedro Olivares.
Cuando llegó al rancho, estaba esperándolo doña Matilde, la médica. La atendían Felipa y Silvina que cuando lo vieron llegar se fueron inmediatamente para dejarlos solos.
— Tengo que hablar con vos. — le espetó a modo de saludo — Pero no aquí. Las paredes oyen. Vamos a comer el guisito que preparó la Felipa y después me acompañás hasta Yrigoyen. Tengo que ver a un enfermo. Por el camino hablamos.
Durante el almuerzo gustó de la sabiduría de aquella vieja a la que ya empezaba a querer como parte de su nueva familia. Recordó una frase de san Buenaventura, citada por Umberto Ecco en “El Nombre de la Rosa”: “La tarea de los sabios consiste en expresar, con claridad conceptual, las verdades implícitas en los actos de los simples”.
Apenas tomaron la ruta hacia Yrigoyen, doña Matilde le dijo:
— No creas que me engañaste. Yo sé bien que no sos Pedrito. Aunque no tuviera poderes de predicción, lo que no me falta es memoria. Aquel chico tenía labio leporino y vos no tenés ninguna cicatriz. Por suerte parece que ese detalle fue olvidado por todos, o suponen que hoy en día la cirugía plástica todo lo puede arreglar. Pero hay algo más. Hace como diez años fui al Paraguay llamada por un compadre. Era para que tratara de curar al hijo de Faustino, que había recibido una cuchillada en una pelea. Lamentablemente llegué tarde. Prácticamente murió en mis brazos. Nunca lo dije. Simplemente hice correr el rumor de su muerte, como para que Faustino se preparara para la noticia. Él nunca lo creyó. Decía que su hijo le escribía, y yo fingí creerle.
— Pero... yo no quise engañarla, madrina. — balbuceó Sergio, llamándola “madrina” sin saber porqué — Fue usted la que...
— No te apurés. Dejá que termine de explicarte. No te asustés antes de tiempo. El Faustino se enfermó feo y yo supe que no había remedio. Me pidió que le trajera al hijo y yo no tuve coraje para decirle la verdad. Se lo prometí. Dos días estuve rezándole al Sagrado Corazón. Él es el que te trajo. Cuando te pregunté “¿Sos vos?”, me preguntaba a mi misma: “¿Éste es el hombre que me manda el Señor?”. No creas que es casualidad que mi caballo se haya desbocado y que se haya detenido por un momento, justo donde vos estabas, para que puedas agarrarlo. ¡No hay casualidades! Allí supe que habías sido elegido. También supe de tu lucha contra ellos.
Fue la primera vez que notó temor en aquella vieja sabia.
— Los Otros — confirmó Sergio.
Se tomó un tiempo para responder y después, sin mirarlo, masculló:
— Llamalos como quieras.
Se desvió unas dos leguas por un sendero que bordeaba un pequeño monte espinoso. Paró en un ranchito muy humilde donde no salieron ni siquiera perros para recibirlos. Entró al rancho sin golpear y estuvo dentro casi dos horas.
Durante todo ese tiempo, sin bajarse del carro, Sergio tuvo tiempo de pensar que las palabras de la vieja, ese “blanqueo de situación” eran como un nuevo documento de identidad. Se sentía tranquilo y más seguro que nunca.
Doña Matilde salió sin hacer comentarios y emprendieron la vuelta. Siguió la conversación como si no hubiera existido el tiempo en que estuvo dentro del rancho.
— Esto va a quedar entre nosotros dos. Quizás te haya extrañado que nadie tratara de verificar tu identidad. Ni el administrador, ni la policía, ni el banco. Es que en este pueblo, basta mi palabra. Yo dije que eras Pedro Olivares y vas a ser Pedro Olivares hasta que vos mismo decidas dejar de serlo.
— No se como agradecerle...
— No tenés nada que agradecerme. Yo con este episodio también reforcé mi fama. Pero si de veras querés agradecerme algo, lo podés hacer portándote como debés.
Cuando lo dejó en su casa le recomendó con picardía:
— Ocupate de la Felipa. Es más de lo que creés. A lo mejor te conviene. Después de todo no te vendría mal otra mujer y otra hija.
A Sergio lo estremeció esa referencia a algo que ya le parecía tan lejano. ¿Por qué le dijo “otra mujer...”? ¿Cómo sabía ella? Doña Matilde comprendió su perplejidad y le sonrió. Parecía que iba a aclararle algo, pero se limitó a una promesa futura.
—Algún día te contaré la historia de la Felipa. O mejor pedile a ella misma que te cuente. ¡Ah! Me gustó que me llamaras madrina.
Quedó un largo rato, absorto en sus pensamientos, mirando el camino por donde se perdió el carro.
— ¿Tereré? — lo sorprendió Silvina con su eterna pregunta.
Ya comenzaba a oscurecer. Se refrescó con aquellos tererés cebados durante más de media hora, con más ternura que servidumbre. El calor había aflojado un poco pero todavía el rancho no estaba habitable. Era costumbre de la zona resguardarse del calor durante el día dentro de las casas, que normalmente permanecían a oscuras, y por las noches pasar muchas horas, y aún dormir, fuera de ella.
La vivienda de don Faustino – ahora su casa– sólo tenía de rancho la construcción. Era confortable y fresco. Estaba equipado con luz eléctrica, mediante un transformador que reducía a doscientos veinte voltios la tensión media de la electrificación rural. El agua era provista por una perforación de donde se extraía con una bomba centrífuga. No obstante ello, había un aljibe que recogía el agua de lluvia desde los aleros. Probablemente ese aljibe era anterior a la bomba. Esa era el agua que normalmente se utilizaba para lavar y cocinar ya que no había tanque ni cisterna y la bomba sólo la ponían en marcha don Faustino o Crispino. Sergio también comenzó a ocuparse de esa tarea.
La habitación principal era una gran sala con un fogón que ardía día y noche, invierno y verano. Allí una gran olla con agua hirviendo recibía papas, mandioca y zapallo y en la parrilla contigua a veces se asaba algún trozo de carne. Afuera, a pocos metros de la casa había un gran horno de barro, no muy esférico, donde se podían asar desde panes hasta lechones.
El baño era un excusado a unos treinta metros de la casa. Era una forma adoptada en casi todos los hogares, hasta en los del centro del pueblo. Parecía inadmisible que un lugar tan poco honorable pudiera ser un recinto dentro de la casa. Para asearse había que llevar un fuentón al dormitorio y llenarlo mediante baldes, previamente calentados si era invierno. El detalle de confort lo daban un ventilador de techo en el dormitorio, una heladera en la cocina y un televisor en el comedor. Mediante ese televisor, Sergio se fue enterando de las costumbres de la zona, ya que sólo captaba un canal de Resistencia y otro de Formosa.
Aunque dentro de la chacra había varios ranchos más, sólo la casa principal tenía electricidad. Mientras Silvina le cebaba, aquel anochecer pudo cambiar, por primera vez, algunas palabras con Felipa que, ante el pedido de Sergio, le prometió que algún día le contaría cómo y porqué había llegado a esos pagos.
Los otros, los que quedaron en la tierra, sintieron otra forma de desesperación. No había en ellos dolor por el compañero perdido. Eran científicos y lo que les desesperaba era no poder completar la tarea que les habían encomendado. Los astronautas eran una pieza más del mecanismo que habían montado ellos para la aventura espacial.

martes, 5 de agosto de 2008

CAPÍTULO XI

A Faustino Olivares se le había ido la mujer hacía ya varios años. Se llevó con ella al único hijo y también sus ganas de volver a tener una pareja. Sus relaciones con el sexo opuesto se habían limitado a encuentros circunstanciales y, a veces, a alguna china que se quedó a dormir con él por dos o tres días. No más, porque siempre temió “encariñarse”, como decía, por no decir enamorarse.
Todo el amor que tenía para dar, se había dedicado a volcarlo en los más necesitados, en los chicos de la escuela, en la iglesia. No era un asistente habitual a los oficios religiosos, pero tenía una profunda fe, como suelen tener los hombres simples de esos parajes.
El guaraní, como casi todos los aborígenes de América, se ha asimilado a la religión cristiana de los conquistadores. Esa fue la gran conquista. Sin embargo, quedaban resabios de creencias primitivas que no han podido hacerlas desaparecer. Permanecen ocultas dentro de cada nativo sin que él mismo lo sepa. Don Faustino, que no era originario del lugar, se fue compenetrando de esas creencias que flotan en el aire. Él comprendía las miserias que se escondían hasta en las almas más puras, aceptando una dualidad que, sin saberlo, correspondía a la antigua religión.
El guaraní creía que el hombre tiene dos almas: una es responsable de las buenas acciones y la otra de las malas. Algunos creían con gran sabiduría, que había una tercer alma, identificada con la palabra. Quién sabe si porque lo había leído en algún lado o porque lo intuía, ante alguna actitud inexplicable solía decir:
— Es el alma mala que todos llevamos dentro.
Y hablaba lo menos posible, cuidándose de los efectos de la tercer alma.
Había podido amasar una pequeña fortuna gracias a esas cualidades “religiosas” y por algunos detalles que lo distinguían de los otros chacareros. Por de pronto, nunca se emborrachaba, si bien bebía moderadamente en las comidas o tomaba algún traguito en el boliche. Tampoco jugaba, lo que le permitía hacer ahorros cuando la cosecha venía buena.
Aquellos años en que hubo que pelear con la inundación o con la sequía, no tuvo que depender del fiado para subsistir. Eso, de por sí era suficiente para ponerlo en ventaja con los demás.
Además, no se había limitado a sembrar algodón, como hacía la mayoría, sino que en su chacra había papas, maíz, porotos, morrones, cebollas, acelga.
El monocultivo favorecía la indolencia de los chacareros, ya que su tarea se limitaba a arar, sembrar algodón al voleo y sentarse a esperar que los copos estuvieran a punto de ser cosechados. Entonces comenzaba la época de verdadero trabajo. Ya sea con la familia o mediante el contrato de cosecheros, según fuera la extensión de lo sembrado, se cosechaba el algodón que se llevaba un acopiador. Con lo obtenido se pagaban las deudas acumuladas durante el año. A veces, si la ganancia era mucha, se compraba algún vehículo o cualquier pavada que ofrecían los viajantes, el resto del dinero se jugaba y se chupaba en el boliche. Después otra vez a endeudarse, hasta la próxima cosecha. Otra de las diferencias era que Faustino tenía estudios secundarios y una afición por la buena lectura que no lo había abandonado desde sus años mozos.
Aquel día había ido a Buenos Aires con su camioneta y decidió volver por una ruta más larga, sólo por conocer nuevos paisajes. Se detuvo en una parrilla de mala muerte donde comió unos churrascos con ensalada.
Sobre el mostrador, un paisanito algo picado apuraba unos vinos y charlaba con el patrón del lugar. Era éste un desagradable gordo que no hacía más que babearse contando sus conquistas amorosas.
— Yo también he tenido lindas mujeres, aquí donde me ve— decía el paisanito sacando pecho.
—¡Mujeres! ¿Qué sabés vos lo que son lindas mujeres? Yo te voy a mostrar — dijo el gordo y, asomándose por una cortina gritó hacia adentro — ¡Felipa!
A su grito salió una muchacha jovencita que parecía importada de otros parajes. En su cara sufrida se veía un terror pánico. Faustino imaginó el castigo a que seguramente la sometía aquel hombre brutal.
La tomó por un brazo y la arrojó delante del mostrador exponiéndola a la mirada entre asombrada y libidinosa del borrachín.
—¡Esto es linda mujer! — Y de un tirón arrancó la parte delantera de su solero, dejando a la vista dos senos en los que se notaba que estaba amamantando.
La aterrada mujer no atinaba a moverse.
— Toque, toque — decía el gordo, aceptando el otro el convite.
Ahora las caras de los tres se transformaron. La muchacha demostraba asco, el borracho, erotismo y el gordo comenzaba a mirar como celoso ante el deseo despertado por la mujer, por su culpa.
—¿Cuánto vale?— dijo el paisanito hurgando en sus bolsillos.
— No, compañero. No se confunda. Es mercadería sólo para mí. Ni se vende ni se alquila — y, transformándose aún más, lo increpó violentamente — ¿O estás diciendo que mi mujer es una puta?
Y para completar el cuadro absurdo, sacó un enorme revolver que dejó sobre el mostrador. Ante tamaño despropósito el borracho sacó plata del bolsillo, pagó lo que debía y, sin esperar el vuelto, salió más que volando.
Faustino, que era el único que había permanecido impasible durante el tiempo que duró aquella escena, se dirigió hacia el mostrador rodeando a la muchacha, que permanecía inmóvil, con los senos descubiertos. Simuló que ella era para él sólo una cosa, como las mesas y las sillas.
— ¿Cuánto le debo, patrón?— le gritó mientras se acercaba con mucho dinero en la mano.
El gordo comenzó a sacar unas cuentas. Aprovechando su distracción, Faustino tomó el revolver que había quedado sobre el mostrador. El otro lo miró desconcertado cuando vio que le apuntaba. Miró a la mujer y después a Faustino, que con certera puntería le atravesó el corazón.
— Nunca me gustó que se basuree así a una mujer — exclamó un poco para sí y otro poco para el muerto. Y dirigiéndose a la chica, sólo le dijo — ¡Vamos!.
Ella recién entonces salió de su inmovilidad y resueltamente volvió a entrar por la puerta por donde había salido. No tardó más de un minuto para reaparecer, cubierta por una camisa y con una criatura en brazos.
Subieron a la camioneta y partieron lentamente, para no despertar sospechas. Por muchos kilómetros la mujer no abrió la boca y Faustino respetó su silencio.
— Gracias — dijo al fin. Y luego de una pausa preguntó — ¿Dónde me lleva?
— Seguro que a algún lugar donde vas a estar mejor que donde estabas.— le contestó con una sonrisa a la vez tranquilizadora y protectora.— Si tenés donde ir, te llevo.
— No. ¡Qué voy a tener!— y quedó en otro silencio melancólico en el que se vislumbraban los recuerdos que pasaban por su mente.
— Entonces confiá en mí.
Cuando llegaron a la chacra, la llevó hasta el rancho vacío que tenía tras el monte.
— Por esta noche vas a dormir aquí. Mañana veremos.
Pero al entrar al rancho, encontró que estaba inhabitable. Se dio cuenta que ya hacía más de tres meses que lo habían abandonado sus últimos moradores, por lo que llevó a madre e hija a su propia casa y, una vez instaladas, les deseó buenas noches y fue él a dormir al rancho.
Felipa nunca olvidó ese gesto.
Las autoridades políticas seguían la aventura desde sus despachos con la tranquilidad del deber cumplido. Comenzaron a inquietarse cuando el vocero del sector científico comenzó a espaciar los informes. Cuando les comunicaron que había algunas dificultades no previstas, decidieron reunirse para decidir cómo afrontarían el golpe político que sobrevendría a un eventual fracaso de la misión.
Los familiares de los astronautas comenzaron a llamarlos preguntando por la expedición. Hasta ellos se había filtrado un inquietante rumor que hablaba de algún tipo de inconveniente.