lunes, 21 de julio de 2008

CAPÍTULO XXVI


Decidieron volver juntos, tal como habían llegado. Claudia fue la encargada de sacar los pasajes en la empresa de ómnibus Giroldi.
Recién cuando estaban llegando a Rosario, Estrada pudo relajarse y pensar en algunos detalles que no había calculado antes. Comprendió el error. Despertó a Claudia que se había dormido apenas salieron de Buenos Aires.
— Nos estamos equivocando feo. — le dijo — Seguramente Los Otros han registrado nuestra salida de Formosa y estarán vigilando para evitar nuestro retorno.
— ¿Te parece?
— Estoy seguro. No te olvides que son muy astutos. ¡Cómo no lo pensé! Son como el diablo, cuya mayor astucia es hacernos creer que no existe.
Era una frase que había aprendido de un cura que conoció en su juventud. La dijo bromeando, ya que él no creía en Dios y mucho menos en el diablo. Claudia no entendió la ironía.
Planearon juntos la rectificación del error. Hablaban muy despacio para evitar que los escucharan los pasajeros que compartían el ómnibus.
Una parada no prevista en la terminal rosarina les permitió alejarse unos metros, como paseando. Claudia seguiría en el micro disimulando su cabello en una gorra de visera que compraron en uno de los negocios que había en la parada. Él compraría un vehículo con el que llegaría a Villafañe.
Se despidieron allí mismo. Faltaba poco para amanecer, tiempo que Estrada ocupó en un buen desayuno y leyendo un diario local.
Llegó caminando a una agencia de venta que recién abría, donde le ofrecieron distintos autos. Estaba por cerrar trato por un Falcon 63 bastante flojo de mecánica y con menos envidiables chapa y pintura, cuando vio un destartalado camión y lo compró pese a las advertencias del vendedor que pretendía hacerlo desistir de tan estrafalaria compra. Era un Chevrolet de principios de los ’50 que había ya perdido hasta el apodo popular de “sapo” que tenían esos modelos. Su caja se reducía a un armazón de hierro con unas tablas mal dispuestas.
Y salió por las calles de Rosario saltando al compás de las ruedas descentradas de su nuevo vehículo. Se reía de sólo pensar en su entrada a Formosa sorteando la mirada de Los Otros que ni imaginaban que en ese vetusto camión venía uno de sus enemigos.
Pero no llegó muy lejos. Después de varias paradas forzosas en la ruta 11, en las que lo ayudaron algunos camioneros a ponerse nuevamente en marcha, le aconsejaron llegarse hasta Coronda y allí cargar el camión en el tren. Eso lo acercaría a Resistencia sin peripecias. Le pareció una buena idea. Sería una manera más de desorientar a sus guardias.
Hizo lo que le aconsejaron y en una amplia playa de maniobras del ferrocarril cargó el camión en un vagón chato de un tren de carga. Se preparó para una salida que suponía inminente. Arregló con el guarda que él dormiría en la cabina del camión. No podía imaginar que pasaría todo un día hasta que estuvieron finalizadas todas las operaciones de carga, que se realizaron ininterrumpidamente día y noche.
Cuando ya estaban por salir se le acercó un paisano muy pobremente vestido.
Mba’eichapa, kivi. — cuando notó que Estrada era porteño, se apresuró a traducir — ¿Qué tal, hermano?
— Yo bien ¿Y vos?
— Yo voy a estar bien si me dejás viajar con vos sin decirle nada al chancho. Tengo que ir a votar a Resistencia.
Llevaba abrazado un bolso tan raído como sus ropas. No le gustaba mucho la compañía pero por otro lado supuso que sería una forma de mimetizarse y desorientar a Los Otros
— Y bueno, hermano quedate, pero ¿Qué llevás ahí? — le preguntó temeroso de que en ese bolso llevara un arma.
El otro se sentó en el borde del vagón y comenzó a mostrar su carga: un bidón con agua, un salamín, tres empanadas y cinco botellas de alcohol fino.
— Mirá, hermano. El viaje es largo y vamos a tener sed y hambre. Por eso traigo mi avío.
No reparó Estrada en esa forma de usar el plural cuando hablaba de las necesidades que “iban” a pasar. Prefirió aconsejarlo con un tono paternalista al que seguramente el otro estaba acostumbrado.
— Si tomás ese alcohol te va a hacer mal. Hasta te podés morir. — le advirtió ingenuamente.
— No, hermano. Porque le pongo agua y así no me hace nada. — ahí nomás abrió una de las botellas y tomó de un sorbo una cuarta parte — ¿Sabés que pasa, hermano? Que me dejó mi mujer. Por eso tomo.
—¿Y por qué no tomás vino?
— No, hermano. Si compro vino se acaba rápido por que es rico. Esto me dura más, es más barato... y no tiene química.
Cuando terminó la botella se quedó dormido. Pedro lo deslizó por el piso del vagón hasta dejarlo tapado con la lona que cubría al camión. Al rato llegó el guarda y lo invitó a tomar unos mates en el furgón de cola.
— Quedate tranquilo, nadie te va a afanar nada: ese va dormir la mona hasta que lleguemos — y agregó como para sí — ...o más.
Estrada aceptó la invitación y siguió todo el viaje en el furgón de cola, charlando con el guarda de infinidad de temas triviales, mateando y dormitando de a ratos en un camastro improvisado con sus abrigos. Al llegar a Resistencia fue a comprobar el estado de su carga y no encontró al vago que usaba el alcohol como somnífero y amnésico. Comenzó la operación de descarga con la misma lentitud con que se procedió a la carga. Estrada concurrió a la vieja practica argentina de la coima para que los operarios de playa bajaran el camión antes que otra cosa y se dispuso a continuar su viaje. Cuando ya estaba por salir se le acercó el borrachín, con la intención de recibir algún peso.
— Menos mal, hermano, que te acompañé.
—¿Me acompañaste? ¡Si dormiste todo el tiempo!
— Eso te parece a vos, hermano. Gracias a mí, los otros no te robaron nada. ¿O pa’ qué creés que el guarda te invitó a su vagón?
Volvió a estremecerse Estrada y le dio unos pesos a su “hermano nungá”, sin indagar sobre la misión contra Los Otros que afirmaba haber cumplido. ¿Los Nuestros también intentarían hacer creer que no existen?
Después de tener que sobornar a dos puestos camineros para que lo dejaran avanzar en ese armatoste, llegó al fin a la chacra. Las carcajadas de todos, especialmente las de Néstor, se escucharon hasta en el pueblo. Pero Los Otros habían sido burlados.
Lo que le reprocharon sus compañeros, fue el no haber traído con él al hermano que lo protegió de Los Otros. Acaso era un embajador de alguna agrupación amigable, disfrazado de borracho.