jueves, 31 de julio de 2008

CAPÍTULO XVI.

Vendió el Renault y volvió a usar la camioneta para regresar a Rosario. De esa manera, Los Otros podrían suponer que Sergio volvía al gueto Llegó de noche y los vecinos no parecieron notarlo hasta el otro día. Tomó con ellos una actitud menos hostil, pero esa táctica fue inútil, ya que Los Otros volvieron a visitarlos dos o tres veces, señal de que habían sido convenientemente alertados. Se hizo la siguiente composición de lugar:
1º.- Los Otros conocían muy bien el sitio donde había fijado su residencia.
2º.- Por alguna razón que desconocía, no entraban en allí. Se limitaban a vigilar sus entradas y salidas.
3º.- Tal vez había en Villafañe otros desterrados. Se propuso ubicarlos. Acaso hasta hubiera algunos desterrados de nacimiento.
4º.- Ignoraba si el control de la organización disponía también de espionaje interno, para detectar procesos de rebelión dentro de aquellos guetos.
De todas maneras, decidió no abandonar sus prácticas desorientadoras, ya que quizá Los Otros ignoraban la realidad con respecto a sus propósitos. Tal vez el control lo ejercían sobre todas las personas a las que consideraban potencialmente peligrosas, como una rutina destinada a evitar sorpresas. Por eso él recibió el dinero que le dieron en compensación.
También se preguntó si habría otros guetos como Villafañe, en el país o en el extranjero.
A los tres días de estar en el lugar, con la sola actividad de sus razonamientos, comenzó a extrañar a la familia, aunque la había disfrutado por tan poco tiempo. Resolvió regresar al otro día. Esa noche salió a pasear por las calles de Rosario.
En un zaguán la vio. Era una mujer sucia y borracha que se tapaba con papeles de diario. Le extendía la mano pidiendo una moneda y se dio cuenta que era más joven de lo que aparentaba. Con la promesa de llevarla a comer, la hizo subir a la camioneta y volvió a la casa de Néstor. Ella iba como quien no tiene nada que perder. Le preguntó el nombre pero no le contestó. Por el camino se quedó profundamente dormida. La semiacostó en el asiento para disimular su presencia y entró la camioneta en el garaje. Tuvo que bajarla en brazos porque no hubo forma de despertarla. Llenó la bañera con agua caliente y, después de desnudarla, la metió en ella. En un primer momento pensó en utilizar agua fría, pero después creyó que podría ser un shock demasiado violento.
El contacto con el agua la hizo despertar y comenzó a insultarlo, queriendo escapar. Cuando vio que era imposible zafarse de los brazos que la aprisionaban, se dejó sedar por la calidez que la envolvía y volvió a quedarse profundamente dormida.
Comenzó a sacar la capa de mugre que la cubría, frotando suavemente con una esponja. Teniendo en cuenta el mal trato que recibió, la piel era tersa. Una vez limpia, se notaba que era una linda mujer y, como lo había sospechado, muy joven. Aprovechó su pasividad para despiojarla pacientemente. Después enjuagó su cabello con vinagre, recordando cuando Mercedes hacía lo mismo con Mirta.
Cuando terminó el aseo, la vistió con una camisa y un pantalón que encontró en la casa y la llevó a una de las camas, donde siguió durmiendo. Se la veía más tranquila, casi se diría, más angelical. Se notaba que hacía mucho tiempo que no dormía en una cama. ¿Qué la habría llevado a ese estado?
Metió en el lavarropas todo lo que vestía la mujer. Cuando la ropa estuvo lavada la secó un poco con la plancha y otro poco con la estufa, y se la colocó en una silla al lado de la cama en que dormía.
Cerró la puerta de la habitación y quedó en la cocina tomando mate y leyendo algunas revistas que encontró en un placard.
Tuvo que variar su plan de partir de inmediato porque la mujer no despertaba. Se arregló con lo que había en la casa para improvisar una comida, ya que no quería salir para no correr el riesgo de que ella huyera en ese ínterin.
Pero aunque él estuviera presente ¿Qué iba a hacer si quería irse? ¿Iba a impedírselo por la fuerza? Otra vez decidió ir resolviendo las cosas a medida que se presentaran. Hasta ahora esa estrategia le iba dando buen resultado. Parecía que su plan general consistía en organizar las sorpresas.
Durmió en la habitación contigua con el temor de que la mujer huyera. No quiso cerrarle la puerta con llave para evitar que al despertar se creyera presa y se asustara, entonces su sueño fue muy superficial y en constante alerta.
Cuando amaneció se levantó y fue a comprobar que todavía dormía. Salió a la calle y vio, a pocos metros, el cartel de una despensa cercana donde podría comprar sin dejar de vigilar la casa. Fue hasta allá mirando continuamente la puerta, con el temor de que escapara por los fondos. Regresó con pan, leche, manteca, dulce, queso, todo lo necesario para un suculento desayuno.
Lo estaba preparando cuando escuchó que la mujer iba al baño. Entró en la cocina peinada y hermosa. Su cara no mostraba ni asombro, ni miedo, ni siquiera preocupación. Sólo lo miraba con esa mirada que suelen tener los viejos que están de vuelta de todo y que ya no esperan nada.
Lo asustó esa postura en alguien tan joven y tan linda. Sólo atinó a invitarla a sentarse, con un gesto. Ella aceptó sin palabras. Le sirvió el desayuno y también él se sentó a compartir la mesa. El silencio era pesado y embarazoso.
— Me llamo Claudia — dijo al fin, sin levantar los ojos — tengo veintitrés años y llegué a esto porque maté a mi marido. Quedé libre de sospechas pero no de culpa. No tengo familia ni amigos.
Dijo todo de corrido, como quien hace mucho quiere confesarse. Sergio no sabía que actitud tomar. Se limitó a tranquilizarla, asegurarle que su intención no era retenerla sino ayudarla.
— Ya me di cuenta — le dijo, ahora mirándolo a los ojos — se puede confiar en un hombre que desnuda a una mujer y se limita a bañarla. Cuando me miré al espejo volví a sentirme persona. No sé cuanto me va a durar, pero te lo agradezco. Lo que sí te voy a aclarar es que si no me prostituí en estos cinco años que vagué por las calles de varias ciudades, no lo voy a hacer ahora, por más agradecida que esté. Prefiero volver a mi mugre y a mis piojos.
Volvió a tranquilizarla y le contó brevemente sobre el lugar donde vivía. Le propuso ir con él, pero asegurándole que no ocultaba ningún propósito oscuro.
— Si hubiera querido abusar de vos, ya lo hubiera hecho. No te propondría ir donde está mi mujer y su hija. (Tal vez ya debería decir mi hija). Por el camino te puedo contar mi historia.
— Y yo la mía — le contestó como único signo de aceptación a la propuesta —pero no me des tantas explicaciones, ya te dije que confío en vos. Y después de todo ya maté a un hombre... puedo matar a otro.
Recién entonces demostró alguna emoción. Su rostro duro se ensombreció ante una pena que venía tapando el alcohol.
Sergio comprendió la tortura de Claudia y amagó una caricia protectora, pero ella volvió a endurecerse y se apartó violentamente sin decir ni una palabra.
— Será mejor que salgamos ya mismo. Ya me he demorado más de la cuenta.
Salieron sin despedirse de los vecinos, que esa mañana no habían dado señales de vida. Les dejó la llave colgada del picaporte, suponiendo que lo estarían mirando detrás de las cortinas cerradas.
Por el camino Claudia le contó el drama que la agobiaba y después del relato pareció más aliviada. También Sergio le contó su vida, evitando hablar de Los Otros.
Comieron en una estación de servicio donde compraron todo lo necesario para que ella le cebara mate mientras él manejaba. Se hicieron camaradas. Durante el rato en que Claudia dormía, Sergio pensaba por qué causa se estaba encontrando con personas que habían vivido dramas profundos y que coincidían en el hecho de no tener familia. Creyó llegado el momento de iniciarlos en el secreto de Los Otros.
Justo cuando estaba recordando a la Organización, un policía sobre la ruta le hacía señas de detenerse. Pensó en huir, pero después supuso que sería peor. En todo caso decidió estar preparado para hacerlo en cuanto notara algún movimiento extraño. El policía le pidió los documentos. Aparentando tranquilidad, Sergio le entregó el que falsificó en Buenos Aires. Era la primera vez que se pondría a prueba sus dotes de falsificador, sin tener en cuenta sus trámites bancarios, ya que en los distintos bancos, cuando se trataba de depositar dinero casi ni miraban el documento. El agente tampoco lo miró con atención. Casi podría decirse que el sólo hecho de mostrarlo hacía libre de sospechas al portador. El policía se asomó a la caja de la camioneta y después observó un momento a Claudia que seguía dormida.
— Es mi hermana — mintió — Puedo mostrarle los documentos.
Amagó abrir la guantera pero el policía lo detuvo con un gesto y le indicó que siguiera su ruta.
Aliviado retomó la marcha y a poco vio el cartel que indicaba el límite entre Santa Fe y Chaco. El policía que los había parado sólo estaba haciendo el control de rutina que se acostumbra al llegar a los límites provinciales ¡Y él estuvo a punto de huir!
Se propuso ser más cauto de allí en adelante y, sobre todo, la próxima vez que saliera de la provincia lo haría en ómnibus tomando todos los recaudos que tomó cuando hizo el primer viaje.
Recién se tranquilizó cuando, pasado el arroyo Bellaco, comenzó a ver las torres de radio de Villafañe.