jueves, 24 de julio de 2008

CAPITULO XXIII.

Esa noche, en su pieza, tuvo el vago presentimiento de que no estaba procediendo bien. Se confesó que había pensado en reemplazar a Claudia por Adriana sin hacer nada por rescatarla. ¡Una verdadera canallada!, calificó él mismo su acción. Estuvo tentado de salir a buscarla pero carecía de las comodidades mínimas para alojarla. O quizás esa sólo fuera una excusa. En realidad no tenía mucha experiencia con las mujeres. Sin ser misógino, para amistad prefería a los hombres y en el amor, a las relaciones circunstanciales. A veces se enamoró con fuerza, pero nunca para siempre.
Pasó la noche casi sin dormir, un poco elaborando planes y otro poco haciendo una recopilación de recuerdos.
A la mañana tenía todo decidido. Pidió al dueño de la pensión que preparara la cuenta y le anunció que iba a dejar la casa. Fue al correo y envió a su trabajo un telegrama de renuncia. Recién había recibido su sueldo por lo que lo único que le quedaba para cobrar era la parte proporcional de las vacaciones, que no iría a buscar para evitar tener que dar explicaciones. Pasó el resto del día en oficinas inmobiliarias, tratando de encontrar una vivienda para alojarlos a él y a Claudia (si es que volvía) mientras permanecieran en Buenos Aires y que a la vez sirviera como sede legal de la Fundación. Al fin la encontró en el barrio de Devoto, sobre un pasaje que nunca había oído nombrar. Era una casa antigua que tenía dos entradas. Una cerrada por una doble cancel y la otra pertenecía a un antiguo garaje que sus dueños anteriores habían convertido en una pequeña sala o recibidor. Estaba totalmente amueblada, lo que le ahorraba la tarea de equiparla convenientemente.
Todo fue muy rápido. En pocas horas cerró la operación pagando en efectivo, cosa que sorprendió al empleado de la inmobiliaria. (¡Otro error! Había que realizar acciones sorpresivas pero que no que sorprendan.)
El dueño de casa donde vivió tantos años le pidió que le dejara la dirección de su nuevo domicilio por las dudas alguien preguntara por él. Sonrió Estrada por la ingenuidad de aquel hombre que tan estúpidamente se convertía en sospechoso de ser cómplice de Los Otros. En los treinta años que vivió en esa casa nunca nadie preguntó por él ¿por qué alguien habría de hacerlo ahora que se mudaba? De todas maneras le escribió en un papel una dirección falsa.
— Todavía no tengo teléfono — le aclaró como si hiciera falta.
No tardó más de dos horas en trasladar sus escasas pertenencias hasta la nueva vivienda y, una vez acomodadas, fue a buscar a Claudia.
Ya había anochecido pero no tardó en encontrarla. Caminaba por la zona donde la había visto el día anterior, como suelen hacerlo los vagabundos en el invierno: duermen cuando la temperatura es más alta y por las noches recorren las calles buscando en las bolsas de residuos la magra ración diaria que le permita la subsistencia.
Cuando ella lo vio mostró la intención de huir pero después se abrazó a él llorando.
—¡Perdoname! ¡Perdoname!— repetía.
La tranquilizó y ella se dejó llevar dócilmente hasta la nueva casa. En su borrachera, comprendía que su destino –quizás su salvación– era volver a ese grupo que la había cobijado.
Bastó un baño y una buena cena, que Estrada trajo de una rosticería vecina, para que Claudia retomara su aspecto anterior.
Al día siguiente ella quedó durmiendo mientras él fue a averiguar sobre los requisitos para iniciar los trámites de reconocimiento de la organización. Por su experiencia administrativa, no le resultó difícil acumular todos los datos que necesitaba. Supo que con el nombre del doctor Maradona ya existía una fundación, por lo que deberían encontrar otra denominación.
Volvió a la casa y comenzó a llenar los papeles que le habían entregado en la Inspección de Justicia.
Demoró mucho al comienzo porque no sabía qué escribir en el renglón correspondiente a “Denominación de la entidad”. ¿Debía consultar a sus compañeros para elegir el nuevo nombre? Recordó que el tema había llevado a un largo debate y decidió que esta vez iba a pensarlo él solo.
¿Y si le pusiera “Los Nuestros”? No. Sería mojarle la oreja a Los Otros: ponerse en evidencia de entrada. Además, ese nombre había sido expresamente descartado por el grupo, y una cosa era tomar una decisión por sí mismo y otra muy distinta decidir algo contrario a lo resuelto por la mayoría. Nunca había logrado una formula que le permitiera nombrar las cosas. Como opinaba que los títulos deben ser abarcativos de lo que nominan, nada le conformaba.
Imaginó algunos graciosos, como “sacamuelas”, porque esa fundación iba a causar mucho bien, pero iba a hacer doler a muchos. Al fin se decidió y escribió con letra firme: “Fundación Fortín Solari”, recordando a una ruina histórica de Villafañe que fuera testigo del último malón.
Claudia se despertó a media tarde y después de volver a ducharse se acercó con un mate al escritorio donde trabajaba Estrada. Él le comentó el progreso de los trámites y charlaron de cosas intrascendentes hasta que ella se animó a encarar el tema que le preocupaba.
—¿Todavía sirvo al proyecto?
— Me hacés una pregunta absurda. Es como si un ejército descartara a un soldado porque se pescó una gripe. Eso es lo que te pasa a vos. Si te parece hoy mismo vamos a Alcohólicos Anónimos a encarar tu cura.
Por la tarde se ocuparon de preparar la casa para que sirviera de oficina y cuartel. Claudia le puso el toque femenino. Ya no parecía aquella que hace unas horas atrás vagaba por las calles, sucia y borracha.
El sábado ya habían terminado todas las gestiones para legalizar la fundación y sólo restaba esperar su aprobación que seguramente tardaría varios meses. Ya podían volver a Formosa y cada tanto averiguar, vía telefónica, cómo iba el trámite.
El sábado fueron a una parroquia cercana donde funcionaba Alcohólicos Anónimos. Allí recibieron instrucciones sobre cómo comportarse, tanto la enferma como sus amigos. El haber sido un ex alcohólico quien habló con Claudia, le dio una esperanza que no hubiera tenido si lo hacía alguien que hablaba desde la teoría o desde el papel pasivo del espectador.
Como le quedó un resto de tiempo, Estrada fue hasta Lomas del Mirador donde esperaba encontrar a Adriana y al supuesto grupo anarquista. No quiso que lo acompañara Claudia porque no sabía con qué iba a encontrarse allí.
Le costó un largo rato encontrar la casa. En su visita anterior no había tomado referencias y esta vez se había olvidado hasta de llevar la dirección. Dio vueltas por manzanas con viviendas que se parecían, pero no daba con aquella sin jardín. Llegó a imaginar que había desaparecido. Eso hubiera significado que Los Otros habían detectado su interés en aquel grupo. Ya estaba por volver cuando unos cien metros más adelante vio a una mujer que barría la vereda. Intuyó que era la misma que le había negado información en su anterior visita, intuición que se vio comprobada cuando, al verlo, la mujer entró apresuradamente a su casa.
Llegó al fin al lugar buscado. Esta vez no tuvo que llamar porque la casa estaba abierta y se veía un movimiento de personas como sucede en los pequeños cultos de barrio o en los partidos políticos.
En ese momento un hombre pequeño de facciones rígidas dirigía una arenga a unas diez personas que lo escuchaban fascinados.
Adriana, que estaba sentada a su lado, compartía esa fascinación y le agregaba una dosis de servilismo alcanzándole un vaso de agua o dando vuelta las páginas de algún texto que cada tanto el hombre leía.
La grandilocuencia con la que atraía a su audiencia era una charla vacía sin más pretensión que el efectismo. Ya había conocido a muchos de esos grupos y no era su intención acercarse a cascarones sin contenido.
No terminó de escuchar. Tratando de no llamar la atención se fue, abandonando la idea de acercar a la lucha a algún grupo ya organizado.
El amigo se decidió al fin. Juntos habían iniciado la aventura y juntos la terminarían. Trabajosamente se vistió con el equipo de exterior, que había sido diseñado para ser colocado por un ayudante, y salió al espacio también él.
No se detuvo ni un momento a pensar como haría para volver a abrir las esclusas al regresar.